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Adiós y gracias Myreyita

Por Daniel Samper Ospina

La semana pasada murió en Bogotá Myreya Durán, quien durante 28 años no solo fue la secretaria de la Presidencia de SEMANA, sino el alma y el corazón de esta revista. Daniel Samper le hizo este homenaje en su sepelio.

Adiós y gracias Myreyita. Myreya desempeñaba todos los papeles: desde directora encargada hasta paño de lágrimas y manager de mariachis
Aquienes asistimos a este encuentro nos cuesta trabajo creer que no haya sido Mireyita Durán la que lo organizó. Somos tantos, y estamos tan unidos a ella, que es imposible haber llegado acá sin el concurso perfecto de su coordinación. Reconozcámoslo de frente: jamás vamos a acostumbrarnos a su partida. Porque Mireyita era el alma de SEMANA, la piedra fundamental, la mujer base sobre la cual crecimos todos.

Y lo fue desde siempre, desde aquel marzo del año 84 en que una amiga le señaló un aviso clasificado del diario El Tiempo en el que escuetamente se leía que la Revista SEMANA buscaba una secretaria.

Se animó a presentarse instantes antes de salir de paseo de Semana Santa, vestida con los bluejeans que llevaba puestos, y allá, en la sede, se encontró con un señor de dos metros de altura que la sometió a la entrevista de trabajo más corta de la historia. Solo tuvo una pregunta:

-¿Usted es ordenada?

-Sí, doctor -respondió Myreya.

- Queda contratada.

Desde entonces nunca más volvió a ponerse jeans en la oficina, pese a que en adelante demostró a diario que le sobraban pantalones.

Porque, como buena santandereana, Myreya nunca le tuvo miedo a nada. Cuando era una joven aventurera viajó del Socorro a Londres, donde tuvo la valentía doble de conseguir marido, y la más meritoria aún de dejarlo, y donde se las apañó como niñera, trabajo en el que, como ella misma decía, adquirió la experiencia suficiente para poder cuidar y educar a su jefe posteriormente.

Porque de todos los oficios que practicó en SEMANA, el de secretaria fue el que menos tiempo le quitó, el que menos esfuerzo le supuso. Myreya, en realidad, fue directora encargada de todas las revistas; relacionista pública; coordinadora logística; consultora de diagramación; madrina de directivos; abuela ad honorem; recreacionista; jefe de cierres; mánager de mariachis; consultora de moda; reportera de noticias; prefecta de disciplina; madre adoptiva; florista; verificadora de datos; paño de lágrimas; psicóloga; asesora de crisis; gerente de quejas y reclamos; portera; consejera sentimental; correctora; abogada defensora; y polo a tierra. Y, como lo dije antes, niñera. Y niñera de varias generaciones. Niñera de María, a quien quería como su hija, y de quien recibió el cariño que se le reserva a las madres. Y niñera de los hijos de María, una suerte de nietos propios a quienes les organizaba fiestas de disfraces con todos los niños de la empresa. Pero, especialmente, niñera de Felipe, su jefe, aquel hombre tan despistado al que, por ir conversando por teléfono celular, una vez lo atropelló una moto en una calle de París.

El cuadro que se vivía en la calle de la capital francesa era el de un señor evidentemente alto y evidentemente elegante, pero a todas luces anónimo e indocumentado, que súbitamente voló por los aires y terminó tirado en el asfalto. ¿Quién creen ustedes que fue capaz de dar con su paradero, ubicar paramédicos y enfermeras, conseguir ambulancias, reservarle chequeo de urgencias y cuarto de hospital, y rescatar el esfero, la billetera y el celular que quedaron desperdigados en la calle, todo esto sin hablar una sola palabra de francés, a un océano de distancia, desde su escritorio de siempre de Publicaciones Semana?

Solamente Mireyita. Solamente ella era capaz de sortear las pruebas a las que la sometía el destino. En caso de que 'destino' sea una forma de llamar a su jefe.

Pruebas como la de aquella otra vez en que su compañero de trabajo, el conductor José Gerena, fue al aeropuerto a recoger al presidente de la compañía, que procedía de Nueva York. José Gerena esperó durante horas, infructuosamente, a que su patrón saliera. Pero su jefe nunca apareció. Ante las alarmas, las azafatas de Avianca iniciaron una búsqueda que arrojó, como único resultado, el hallazgo de una gabardina de dos metros, cubierta con boronas de Achiras, que ya habían reportado como objeto sin dueño. Era, efectivamente, la gabardina de Felipe, que, instantes antes de que el avión despegara, decidió salir al pasillo a comprar revistas, confundió la puerta de ingreso de su avión y terminó montado en un vuelo con destino a Managua.

Díganme ustedes: ¿quién pudo atar cabos, conseguir pistas, recopilar datos en todas las bases aéreas del mundo en un impecable trabajo de detective universal para ubicar a su jefe en el remoto y tropical aeropuerto de Managua, mientras este tiritaba del desamparo, y se entregaba a la esperanza de que la milagrosa mano de su secretaria lo rescatara?

Solamente Myreya Durán, una mujer que, como queda claro, tuvo más de ángel de la guarda que de asistente.

Por eso, no me cabe duda de que en estos momentos San Pedro debe sentir que ya la conoce, y le está permitiendo elegir la nube más cómoda en compensación a todo lo que le tocó vivir; a todo lo que nos tuvo que aguantar. Al grito emblemático de "!Myreya!", ella entraba a la oficina de su jefe a definir lo que hiciera falta: "Myreya, cuál es mejor entre estas dos portadas"; "Myreya, ¿qué opina de este color para el logo?"; "Myreya, ¿estas sociales están chimbas?". Y ella ni siquiera pestañeaba: cerraba ediciones de varias revistas en simultánea como quien se lima las uñas. Le hacía contrapeso a la ingenuidad de su patrón casi sin darse cuenta. La cortejaban novios que se querían casar con ella, y que ella rechazaba sin remordimientos porque ya estaba casada, a su manera, con una empresa entera.

De ahí que el agujero que nos abre su partida sea imposible de llenar. Subir al quinto piso ya no será subir al quinto piso como antes, sino comprobar eternamente que Myreya no está; subir al quinto piso, en adelante, será constatar un vacío que siempre nos va a doler.

A partir de hoy, de este mediodía triste y extraño, en alguna medida todos somos huérfanos.

Porque todos, de alguna manera, fuimos vitalmente arrasados por su fuerza poderosa, por su temperamento torrencial: aquella forma de existir de manera radical e intensa con que nos contagiaba a todos, y por culpa de la cual le bastaron 62 años para llenarse de amigos, para irse a la tumba prodigada por este cariño sin sombras con que hoy la despedimos.

Don Álvaro Castaño Castillo diría que era idéntica a las páginas amarillas, porque Myreya siempre fue la consulta que resulta. Conseguía lo impensable: tiquetes en los aviones llenos, mesas en restaurantes imposibles. Y novios para las almas en pena.

Felipe López diría que era una mezcla de Margaret Thatcher y la Madre Teresa, mitad carácter y mitad suavidad, y así era Myreya, complementaria pero jamás contradictoria: vehemente pero amistosa; recia pero a la vez dulce; exigente pero cariñosa.

Cuenquis, su amiga de toda la vida y bastón hasta el final, puede dar fe de la fidelidad de su amistad, de la nobleza de su espíritu. Porque Myreya tenía un corazón angular, a prueba de maldades, que le ayudó a sumergirse en el mundo del poder sin correr el riesgo de mancharse. Gracias a ello, Mireyita siempre fue Mireyita, y lo fue para todo el mundo. Para el presidente de la República y sus ministros consejeros, pero también para los jóvenes anónimos y aterrados que iniciaban su carrera periodística. Buscó la felicidad ayudando al triste antes que adulando al famoso. Y esa es, quizás, una de sus mejores enseñanzas. Porque Myreya nunca se mostró débil ante el poderoso, pero, sobre todo, nunca cayó en la fácil tentación de ser poderosa ante el débil.

Sentada en su escritorio del quinto piso, siempre bien puesta y con el peinado impecable, la vimos sortear furias y aplacar escándalos; alzar bebés y contener lagartos: ser generosa hasta extremos inimaginables, al punto de que alguien se lamentaba de que una mujer con tanta facilidad para el cariño no hubiera sido mamá.

Se equivoca. Lo fue. Claro que lo fue. Lo que más tuvo Myreya Durán fueron hijos. En Publicaciones Semana, para no ir más lejos, tuvo más de 500. Y muchos de ellos somos los que estamos acá, en la inverosímil ceremonia de su muerte.

Gracias a ella, ahora también sabemos que apenas estamos hechos del tiempo que nos queda, y que la muerte es una derrota a la que nunca nos podremos acostumbrar. Con ella se va, también, un pedazo de nuestra historia.

Myreyita Durán: desde el vacío en que nos sumimos en este viernes amargo, en medio de esta navidad paradójica, tus amigos te decimos que te queremos; que no te olvidamos; que el dolor que estamos sintiendo por tu muerte es tan grande como el cariño que sentimos por tu vida. No tenemos consuelo. Pero puedes estar segura de que, como decía un poeta, seguirás en nosotros: porque las personas que de verdad iluminaron nuestras vidas, se quedan para siempre en lo que somos.
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